Si no es una es la otra

lunes, 6 de junio de 2011

He tenido la dicha de tener dos madres, sin embargo con el correr del tiempo, una terminó asesinando a la otra. En realidad no sé si fue un asesinato propiamente tal, pues cuando se trata de imaginación, y sobre todo la de una niña, el cuento se vuelve más complicado.

Recuerdo, como si fuera ayer, el momento en que decidí ir en busca de mi madre. Mi otra madre, no la que me dio la vida, sino aquella que me acompañó nueve meses y que cumplía cada uno de mis caprichos. Porque esa es la ventaja de tener dos madres, cuando una no quiere complacerte siempre la otra está dispuesta a consentirte.

Así, una calurosa tarde de verano luego de que mi madre-madre, la madre oficial, no quisiera  atender mis porfías, ya cansada de tanto daño psicológico producido por mis constantes chantajes emocionales, decidí escapar de mi casa y correr en busca de la otra. No me embarqué precisamente en barco, ni en avión ni en auto. Con tan solo cuatro años ¿Qué importan las distancias? Solo una micro es suficiente para llegar a destino y mi destino no era más ni nada menos que las tierras de Rulfo, de Cuauhtémoc y las de Mario Moreno, sí, mi destino era México.

Mi  otra madre era mexicana, asumo que de Guadalajara. Ahí debía llegar y para lograrlo tenía un plan, un plan perfecto, de esos que no fallan. Armé una mochila rápida con lo necesario: un cuaderno, un lápiz, calcetines chilotes, un par de monedas para pagar la micro y por supuesto el mapamundi ¡Ese era el mayor tesoro, sin aquel precioso instrumento el plan estaba destinado al fracaso! Luego de preparar mi equipaje encaré a la traidora y le dije que no me volvería a ver más nunca, que me iba a donde mi madre, la que me quería realmente. Me retiré indignada al escuchar como con tono desafiante me respondía - ¡Muy bien señorita, vaya donde su madre mexicana, saluda de mi parte al Chavo del Ocho!- ¡Claro que se los daría, pero ella nunca debía saber que acogería su pedido! Así que sin mirar hacia atrás, caminé directo al paradero. Esperé que llegara la más linda y me subí- ¡Buenas tarde señor! ¿Me lleva a México por favor?- Pero el conductor no alcanzó a contestar pues los brazos de mi padre me tomaron por sorpresa. Me invitó una bebida de fantasía para pasar la tensión- ¿Quieres la amarilla?- me dijo- ¡No, prefiero la roja, la amarilla es como tomar pipí!  Argumenté con total seriedad.

Y compramos una grande para compartirla con mi madre, mi mami, mi mamita, aquella que nunca quitó los ojos mientras caminaba triunfante por la vereda, aquella que siempre estuvo, está y estará siempre de manera incondicional, porque ella me ama a pesar de todo. En aquel instante supe que ella era la única, que no había más, en aquel instante mi madre mató a la otra o tal vez yo terminé matándola. Pero la muerte no es el fin, las personas viven al recordarlas y sé que cuando pienso en México pienso en ella. Algún día espero realizar aquel viaje pendiente y entregarle los saludos que mandó la una a la otra.

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