Noche de viernes

martes, 17 de mayo de 2011

Y la noche de Santiago se cubre con su manto nocturno. Bajo el amparo de la luna nos disponemos a maravillarnos con un Santiago distinto. Nuestros sentidos se encuentran despiertos y ávidos de comprender la realidad que se esconde bajo el reinado del astro del universo.

Por una noche nos sumamos a su entrega, la cual lleva años sobreviviendo con una fuerza incondicional que no sabe ni de frío, ni de lluvia ni de distancias ni se alimenta  del qué dirán. Sin duda nosotros queríamos sentir lo que ellos experimentaban  al salir cada noche, nosotros queríamos  sentir ese gozo.

Era un viernes frío, pero ahí estaban, en su hogar. La calle. Y nos esperaban. Sabían que vendríamos, sabían que no fallaríamos pues a medida que el tiempo pasa y los lazos cada vez son más fuertes, la seguridad que te entrega una amistad verdadera te dota de esas certezas. La puerta de entrada a su  mundo interior era un pan y un vaso de café,  alimentos que nos permitieron conversar y reconocer a una persona que nos miraba a los ojos, una persona con nombre y apellido ¿Cuántos de nosotros caminamos por las calles de Santiago y ya no nos percatamos de su existencia? Pareciera ser que son parte del paisaje plomo de nuestra ciudad. Pareciera ser que una moneda basta para apartar a aquel ser mal oliente y haraposo, solo cien pesos y nos deshacemos del indigente, del vulnerado, del mendigo, de aquel pobre ser humano que vive en condición de calle ¿Condición de calle? Trato de comprender cual es esa condición y aún no logro entender.

La noche avanza y el pan y el café ya  no alcanzan  para todos. Angustiada trato de multiplicarlos pero me resulta imposible – No queda más café señor Andrés, lo siento-  Creo que quedé pálida de la pura vergüenza. Levanto la mirada. Mis ojos se cruzan con los de él, me toma la mano y con un cariño paternal me dice: ¿No comprende señorita? Su visita vale más que el café o el pan, nosotros los esperamos ansiosos porque ustedes son capaces de mirarnos diferentes, ustedes pueden mirarnos con amor y no con repulsión. Esas treinta palabras quedarían guardadas en mi memoria. Treinta palabras que me hicieron comprender lo que se tiende a olvidar.

Al recordar pido que la indiferencia sea parte de mi vocabulario inactivo, pido ojos curiosos, ojos que no se olviden que la belleza existe  y que esta deambula por nuestras calles rompiendo el límite de lo finito.

2 comentarios:

pauli dijo...

termino de leer tu memoria con los ojos aguados... realmente te admiro Rouse, la vida te recompensará por todas esas grandes acciones que haces. Te quiero mucho amiga, orgullosa de conoces a alguien como tu

Rosi Bolger dijo...

¡Linda Pau! orgullosa estoy yo de tener una amiga como tú. Gracias por permitirme día a día ser parte de tu historia.

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