Es una verdad reconocida que no me
gusta mucho hacer deporte, pero mi espíritu inquieto nunca se da por vencido.
Por eso, y porque amo la naturaleza, junto con mi amado nos dispusimos a
celebrar nuestro aniversario realizando senderismo ¿lugar? Un cerro
precordillerano de Los Andes, ubicado en el sector del Arrayán, en la comuna de
Lo Barnechea, cercano al puente Ñilhue y al río Mapocho ¡Oh, traicionero
Pochoco!
Nos levantamos temprano, preparamos un
picadillo saludable y nos dispusimos a cruzar media ciudad para poder comenzar
a caminar de verdad. Nuestros rostros juveniles sintieron el sabor de la tierra
mojada, pues claro, una leve llovizna se nos había adelantado pero ¿cómo puede
ser ese un impedimento para dos almas aventureras?
Cerro arriba nos empapamos de la
cultura del trekking, -¡Buenos días, buenos días!- Dicen al
subir y al bajar los otros humanos, como una muestra hermosa de educación y
compañerismo. Esa dulce burbuja sínica que rompe con el silencio y desinterés de
la cotidianeidad, en donde ni siquiera somos capaces de mirar a los ojos a
quién tenemos al lado.
Sube que sube, mira que mira. Verde que
te quiero verde -¡Buenos días, señor árbol! ¿Cuántos saludos ha recibido usted?
¿Cómo, dice usted que pasan y pasan y nadie se ha maravillado de su presencia?-
Doble saludo y gracias por existir, disculpe usted, es que los humanos somos
así, tarados.
Sube que sube, paremos. Gocemos del
paisaje, de estas nubes que nos dejan ver un Santiago sucio pero imponente.
Alimentemos el alma y el cuerpo pobre de “deportistas en (súper) potencia” Sube
que sube -¡Buenos días!- Mirada de
amantes cómplices -¿Te diste cuenta de ese par de viejos cuicos? ¡Pero qué
prestancia, qué músculos, se notan que han sido verdaderos deportistas toda su
vida!- Corre que corre el día, la tarde cae y puede que llore por ti. Bajando
que baja y senderos que se bifurcan.
Perdidos. Ahí nos desencontrábamos y el
Pochoco nos mostraba su peor cara. Perdimos la ruta, nos caímos, los árboles y
ramas nos golpeaban. El espacio era tan pequeño que no podíamos estar juntos.
Me sentía participante de un reality de
supervivencia. No había escapatoria, el atardecer llegaba de forma preocupante
y la suave llovizna que nos recibió complicó el escenario. Rueda que rueda. La
piel sangrante y adolorida solo resistía por ese deseo y apego a la vida.
Trataba de ser fuerte por ti, pero cuando en tus ojos vi la desesperación,
sentí que estábamos en reales problemas. Por un momento la negatividad me ganó
e imaginé los titulares de los diarios “Jóvenes
mueren en pendiente del Pochoco tras dura caída” “Profesora desaparecida en
Pochoco” “Aniversario fatal, los lolitos no se la pudieron en cerro pituco”
Sentimos el miedo, la muerte estaba
ahí, bailándote-bailándonos. El tiempo se detiene. A una semana de cumplir
veinticinco años, una roca casi destroza mi cabeza. Una gran roca que al caer
se destrozó en mil pedazos. Cae que cae, muere que muere. Bendito casi,
benditos reflejos, bendita vida.
Sin señal en nuestros teléfonos,
recurrimos a la milenaria técnica de los dibujos animados y a pulmón rajado
gritamos desesperadamente el ayuda más intenso de nuestras vidas
¡AYUUUUUUUUUUUUUUUUUUDAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! Dos veces,
tres veces, no sé cuántas veces. Silencio. La tarde sigue cayendo… ¿HAAAAY
ALGUIEEEEEN AHÍ? Y así, de forma inesperada, desde el otro extremo del Pochoco,
nos respondieron, nos alentaron, nos guiaron y nos salvaron. Desde el otro
extremo, desde el otro extremo dos seres desconocidos fueron nuestra brújula. Nuestros
cuerpos no daban más, estaban resentidos y nuestra moral debilitada.
Retoma que retoma y pillamos el
camino, camina que camina y nos
encontramos con nuestros salvadores ¡Pero qué sorpresa nos da la vida, las
personas que nos guiaron eran los saludables viejos que prejuiciosamente
llamaron nuestra atención! – ¿Chiquillos, cómo se fueron a perder? ¿Y sus
bastones? ¿Cómo que no tienen, y alguna ramita? siempre es bueno ir apoyado.
Nosotros no íbamos a venir hoy, es que la llovizna dificulta todo, pero es ya
una costumbre recorrer este cerro. De hecho siempre llegamos en la mañana, pero
hoy de forma extraordinaria decidimos venir de tarde- Las casualidades no
existen.
Respira que respira, tierra firme.
Cemento amado ¿Qué le decimos al Dios de la muerte? Hoy no. Y así lo gritó
nuestro corazón.
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